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©Alexis Falkas.

  • Alexis Falkas

Tu mundo es la polla


Ésto es real, para cuento el que te hicieron creer


Delirios armónicos: P!nk - So What (Haz click para escuchar)


La princesa Luna despertó en su castillo de ensueño. Sus perritas agitaron la cola y le lamieron la cara para darle los buenos días. Luna se frotó los ojos con languidez y dedicó un par de minutos tan solo para mirarse al espejo. Repetir el mantra reflejado en sus ojos: «Eres exactamente quién quieres ser, te importa una mierda lo que piensen de ti». Había erigido cada piedra del castillo con el sudor de su frente. A Luna no le gustaban los vestidos de gala ni las fiestas elegantes en las que debía fingir ser una persona que no era. Amaba el campo, la libertad y salir a correr en pantalones cortos con sus dos perras.

Luna era una princesa republicana, sin trono ni patria, harta de limpiar los suelos del palacio en el que reinaba sin portar esa tiara enjoyada, diamantes manchados de sangre africana.

Al cumplir la mayoría de edad renunció a la corona y cambió su nombre por el de Elvira. Vendió aquel gigantesco palacio que no dejaba de acumular telarañas y con el dinero se compró una Roomba. Se mudó a un pequeño apartamento del centro de Madrid. Elvira no quería ser princesa ni vivir en la ignorancia, quería ser publicista y aprovecharse de todos aquellos ignorantes que utilizaban su cuerpo como reclamo.

Elvira acarició a sus perritas y se acercó a la ventana cubierta por su piel desnuda. Abrió los postigos y levantó las persianas. Contemplar su reino le hizo sentirse pequeña y amada, no tenía súbditos, únicamente miles de hermanas y hermanos. Con el tiempo, mientras sus muebles menguaban, sus collares de perlas se hundían en el océano pasado y los zapatos de tacones altos dejaron de elevarla por encima del resto, descubrió que albergaba mucho más mientras sus posesiones menguaban.

Morgana se enroscó entre sus pies y Úrsula se puso a dar saltos en la alfombra. Eran dos perritas sin gracia ni pedigrí. Dos horrendas criaturas que nadie quería y que estaban a punto de ser sacrificadas. Tuvieron la suerte de nacer tan poco agraciadas, de ser bonitas y de pura raza cualquier dueño las hubiese querido, pero Elvira no las hubiera adoptado.

El teléfono sonó, Elvira dejó que los tonos se alargaran hasta extinguirse. Sabía perfectamente de qué se trataba. Sus amigas llevaban semanas hablándole de un maravilloso príncipe azul que vivía retenido en una torre por un dragón bicéfalo en la sierra de Madrid, muy cerca del Valle de los caídos.

A Elvira no le gustaba el azul, prefería el rojo o el negro. Le aburrían los títulos nobiliarios, los miembros de la realeza, le bastaba un campesino de gran azada para pasar el tiempo, sembrar los campos durante un rato y regresar a casa a tiempo para ver la última temporada de su serie favorita en el ordenador, en compañía de sus queridas perras.

«Elvira, tienes que encontrar un hombre. Se te va a pasar el arroz»

Sus amigas insistían sin cesar, tenía el móvil lleno de mensajes. La llamaban a todas horas, trataban de montar citas dobles con sus parejas y le llenaban el buzón electrónico con las incontables virtudes de aquel príncipe en particular. Estaban preocupadas por ella, aquel era el decimotercer príncipe que le buscaban. No entendían que podía sentirse completa sin necesidad de nadie más.

No quería más príncipes. El último al que había besado se había convertido en rana, sapo y bestia. Ella le entregó el corazón y él a cambio le propinó una paliza que la dejó en coma durante varios días, inmersa en sueños de manzanas podridas.

No tenía ningún interés en conocerle. No es que quisiera estar sola, simplemente pensaba que la persona adecuada no se presentaría frente a ella mientras la buscara. El teléfono volvió a sonar, era su mejor amiga mandando fotos con poses estúpidas de un príncipe sin camiseta y más abdominales que cerebro. Según la leyenda corría un gran peligro y sólo el verdadero amor lograría vencer al dragón.

Maldita presión social, al final tendría que ir a salvar al gilipollas en apuros.

Elvira se puso unos pantalones vaqueros y una camiseta de los Ramones. Se ató sus botas Converse y salió a la calle con sus dos perras. No pasó mucho tiempo hasta que divisó a un par de orcos acercarse calle abajo.

Trató de esquivarlos pero parecían salir de cada esquina. Las hordas desatadas, descerebrados deslenguados. Elvira había tenido la poca fortuna de nacer con un físico envidiable, generosos pechos y un trasero firme y apretado. Era una mujer hermosa, sus amigas la odiaban y los orcos la perseguían en manadas. Se creían con el derecho a hostigarla y acosarla tan sólo por el hecho de ser bonita. Elvira estaba acostumbrada a los piropos de mal gusto y a las miradas descaradas que nunca le hacían sentir tan bien como aquellos descerebrados se pensaban. Algunos incluso pensaban que Elvira tenía que darles las gracias por reafirmar lo atractiva que era.

Sus cerberas y alguna mirada asesina mantuvieron a las hordas de orcos a distancia. Se introdujo en las mazmorras del suburbano y lidió con pícaros de largas manos que desconocían el filo de su mordaz lengua. Era capaz de reducir a un coloso utilizando tan sólo cuatro palabras mágicas y de petrificar a cualquier vampiro que tratara de succionar su alma. Cuando emergió de las entrañas de la tierra respiró profundamente para olvidar el penetrante olor a humanidad perdida. Hasta Morgana y Úrsula estaban mareadas.

El camino de Elvira pasaba por un siniestro obstáculo, un intrincado andamiaje que eclipsaba el sol e imbuía al callejón de sombrías intenciones. Las guardianas se pusieron nerviosas, Elvira caminó con precaución.

Tres orondos trolls de piedra coronaban la cúspide del andamio. Comenzaron a gritarle nada más verla. La camiseta no lograba cubrir sus enormes panzas, el pelo ascendía en matojos por sus espaldas moteadas y una hilera de dientes amarillentos apenas eran capaces de contener la variopinta cantidad de idioteces que escapaban con cada pérfido aliento.

Elvira aceleró el paso, pero no fue lo suficientemente rápida. Los Trolls la rodearon. En sus manos portaban martillos de hierro y piquetas oxidadas que mecían entre las piernas, ofreciendo una triste y lánguida promesa como si ella no deseara otra cosa en el mundo. Les mandó a la mierda y echó mano al bolsillo.

Los trolls se acercaron, el callejón se volvió más oscuro y estrecho. Las perritas ladraban, los monstruos se agarraban el paquete mientras Elvira acariciaba algo metálico en su bolsillo. Estaba decidida a demostrarles lo valientes que eran si daban un paso más, pero no tuvo la ocasión. Un caballero de armadura de cuero llegó montado a lomos de una flamante Harley. Su melena al viento y el rugir de sus poderosos motores ahuyentaron a las bestias.

Elvira suspiró. No soportaba a los salvadores ni a los caballeros que trataban de hacerse el héroe. El motero descendió de su montura con una sonrisa de anuncio barato y una cara de prepotencia que provocó arcadas en Elvira. El caballero se ofreció a llevarla y entró en cólera cuando Elvira se negó. No podía creer que le rechazasen, sobre todo cuando había salvado a una damisela en apuros. Su derecho de pernada, su recompensa por tan heroica gesta. Su sonrisa desapareció, sus ojos se volvieron tan oscuros como su cazadora, el cuero, la muerte animal tejida con las diminutas manos de un niño pakistaní.

Elvira sacó la mano del bolsillo y roció aquellos aviesos ojos con un potente conjuro de gas pimienta. «Abracadabra, hijo de puta. Desaparece con un chasquido» El caballero se retorció de dolor en el suelo, los ojos le escocían, aún más su orgullo. Elvira le quitó las llaves, se monto en la Harley, introdujo a sus cerberas en las alforjas y se marchó de allí entre rugidos de indignación y amenazas veladas.

La sierra de Madrid se recortaba contra un cielo agonizante. Úrsula y Morgana con la lengua fuera, la melena al viento con sus diminutas cabezas asomando de las alforjas. El sol descendía y los últimos rayos teñían la roca de un color violáceo salpicado de betas doradas. Una bandada de cuervos sobrevolaba una espiga azabache que ascendía hasta el cielo tratando de abrirlo en canal. Sus ventanas eran parches en la noche y de su cúspide se desprendía una columna de humo negro

El sendero ascendía hasta la torre, custodiado por cientos de calaveras que se sucedían en los márgenes de la cordura. Las calaveras enmudecían con una risa delirante y los cuervos graznaban al compás. Elvira aparcó la moto y acarició a sus perras. Las apariencias no le daban miedo, tras aquella visita a la administración de hacienda pública los torreones como aquel no le parecían tan aterradores. Dejo a sus guardianas custodiando su montura, recorrió el sendero con pasos seguros, alcanzando los portones de madera tachonados de hierro en el momento exacto en el que el sol se ocultaba tras la sierra. Bajo el quicio se colaba un ligero resplandor y un fuerte olor a azufre impregnaba cada una de las rocas del camino. Elvira golpeó la puerta con los nudillos.

El silencio rugió con tanta fuerza que Elvira cayó al suelo. El portón se abrió de golpe y surgió un gigantesco dragón bicéfalo de ígneas escamas e imponentes garras. Su cola espigada barrió las calaveras del camino y una llamarada de ácido corrosivo formó un pequeño socavón a los pies de Elvira.

Ella ni se inmutó. Elvira no tenía espada ni más armas que su inteligencia, suficiente para derrotar a todo un imperio. El dragón rugió y le enseñó la honda cavidad de su estómago, sepulcro de tantos hombres. Elvira se sentó a un lado del camino, sacó una bolsa de pipas y se entretuvo pelándolas. El dragón no tardó en vacilar. Aquello no le había sucedido nunca.


Elvira compartió las pipas con el dragón, que resultó ser una dragona. Le regaló un libro en el que un magnífico ejemplar de su especie se convertía en una hechicera de gran prestigio, salvaba a los campesinos de los invasores y tenía un affaire con un cantante de Rock. En ocasiones hasta salía en televisión interpretando el destino en las cartas de todo aquel que llamaba, adaptándolo a su gusto según su estado de ánimo.

La dragona, a la que no le habían otorgado otro propósito salvo el de devorar personas, acumular riquezas y sembrar el caos allá donde pasara, leyó con mucha atención aquella historia.

La dragona, Elvira y sus perritas se hicieron amigas. La dragona le confesó que había secuestrado al príncipe porque estaba perdidamente enamorada de él. Había construido aquella torre para impresionarle, le había colmado de riquezas, exterminado ejércitos enteros tan sólo para convertirlo en un gran hombre.

Pese a todo no había conseguido que el príncipe se fijara en ella, un monstruo de dos cabezas, y por eso mataba y se comía a todo aquel que osara acercarse. Tenía miedo de que algún día llegara una princesa como Elvira y se lo arrebatara.

—Encontrarás un dragón con las suficientes cabezas. No te conformes con menos. –Le aseguró Elvira acariciando sus escamas.

La dragona comprendió que su amor era imposible. Su príncipe siempre la vería como un monstruo, así que permitió que Elvira entrara en la torre y subiera a sus aposentos.

Cuando Elvira entró se encontró al príncipe sentado en el sofá con una cerveza en la mano. Veía el fútbol por televisión con los pies subidos en un lecho de almohadas de plumón. Se mostró muy contento de la llegada de Elvira. La recibió con una reverencia y la invitó a sentarse a su lado.

El príncipe fanfarroneó con la cantidad de abdominales que era capaz de hacer, le habló del complicado ritual que mantenía su pelo sedoso y le confesó que él mismo podría haber matado a la dragona en cualquier momento, sin embargo le resultaba mucho más cómodo vivir en aquella torre mientras ella se ocupaba de todo. El príncipe le preguntó a Elvira qué tal se le daba cocinar y si era capaz de mantener en condiciones una torre de aquellas dimensiones. Elvira le noqueó de un puñetazo, estaba harta de aquél imbécil.

Elvira se subió a lomos de la dragona y le sugirió calcinar la torre con su potente hálito. La torre quedó sepultada bajo una nube de cenizas y jamás se volvió a saber nada del príncipe. Dragona, Elvira y sus perritas, con la lengua al aire y su pelaje mecido por las rachas de viento helado, surcaron los cielos en busca de un reino en que la estupidez no frecuentara sus torres. Cuentan que aún siguen buscando por el ancho mundo, incapaces de aceptar el destino que otros escribieron para ellas.

«La fantasía encierra todo aquello que la realidad trata de arrebatarnos».

Eso me dijeron la última vez que las vi arrasando campos repletos de espinos para sembrar en ellos las flores de nuestra ignorancia. Y sé que no me creerás tras desvelar aquel velo, falacias, mentiras, ensoñaciones inadmisibles para la mente humana. Puede que te parezca un cuento, una historia absurda que jamás ocurrió. Dirás, no hay dragones ni princesas, solo monstruos de carne y hueso.

Y puede que no te equivoques, pero lo cierto es que el cuento fue aquella estúpida fábula de príncipes valerosos y princesas en apuros en el que te hicieron creer. La falsa corona, tan pesada que hizo que agacharas la cabeza. Las poesías estériles, los lemas baratos, la publicidad de objetos sin alma. Hasta olvidar, que todo es falso, que te arrancaron las alas, el fuego, el aliento. Que únicamente tu eres real, que el mundo es tuyo y de nadie más.



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