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©Alexis Falkas.

  • Alexis Falkas

El vals de los agujeros negros Cap.1



Monos mecánicos



Sierra de Madrid/

Focus borgoña.


Un tajo vertical.

El filo golpea contra la tabla con un ruido seco. La piel, chamuscada y ennegrecida, se desgarra como un trozo de cuero ajado. Tu historia dividida en pequeñas porciones listas para envasar. La sangre cubre el machete de cocina de dos palmos con una pátina de reflejos concéntricos que siempre perecen en el mismo lugar. La vida termina exactamente donde el machete de Carla comienza.

Una mano de gráciles dedos se alza, su pulso no tiembla.

No es el puñal, es la fuerza de esa mano la que convierte el miedo en terror, la locura en delirio. Una mano capaz de cualquier cosa, salvo de estrechar otra mano. Carla acostumbra a ponerle nombre a todo, sobre todo a aquello que es capaz de herirla. Ese machete se llama venganza y la voluntad con la que lo empuña se ha convertido en remordimientos disfrazados de odio.

Con Carla nada es lo que parece, ni siquiera yo.

El metal desciende, surcando la segunda dimensión a toda velocidad.

La tercera se contrae mientras la primera escapa de una cuarta menguante. No hay espacio, puertas ni escapatoria. No quedan márgenes pendientes o lugar a la imaginación. Sobre la mesa ya no queda tiempo, solo carne, huesos, vísceras y sangre. Todo se alza, todo termina por desmoronarse.

Otro golpe seco.

Otra pieza de carne que se desprende del cuerpo principal y cae directamente al interior de una bolsa de plástico negro. La sangre se acumula brevemente en los bordes de la tabla, donde se canaliza un fino reguero carmesí a través de un conducto de bambú cortado en dos secciones horizontales. La sangre gotea en el fregadero, perdiéndose en una espiral que transportará la esencia de una vida durante cientos de kilómetros de alcantarillas hasta el distante mar.

Carla sabe muy bien lo que hace.

Un tajo perpendicular con la precisión de un cirujano.

Dos pedazos de carne divididos en una cobertura de sangre tibia, nada más. Matar y continuar viviendo. No hay nada más simple. No hay emoción en sus actos, no quedan atisbos de deleite alguno o visos de dramatismo. Un ejercicio rutinario, comer, respirar, cagar, follar, caminar, bailar, saltar...

Vivir y terminar descuartizado sobre la encimera de la cocina de Carla.

Pobre desgraciado, supongo que hay maneras mucho peores para terminar una existencia. Todavía hay quien no se arriesga a jugar con cuchillos por miedo a cortarse un dedo. En la bolsa de plástico cae una falange, otro golpe y cae el dedo índice, que indica que al corazón no le queda mucho tiempo para ser envuelto en plástico negro.

Una mano sin dedos, un brazo sin mano tras otro tajo a la altura de la muñeca. Es un despiece frío, sistemático, en el que solo la sangre mantiene un poco la temperatura. La de la víctima, no la de Carla. La eficacia con la que secciona los tendones es sobrecogedora. Se me eriza la piel cuando el metal retumba contra el linóleo tras separar el antebrazo del codo.

Cinco golpes consecutivos reparten la pieza en rodajas prácticamente exactas. El hueso cruje al quebrarse sin oponer la suficiente resistencia para frenar la trayectoria, el chasquido es ensordecedor. La cocina huele a cobre. Las diminutas gotas de sangre que salpican en cada corte forman un difuso cosmos sobre los plásticos con los que Carla ha forrado el mobiliario.

Otro golpe, otro tajo, otro pie que cae en la bolsa negra.

Los ojos sin vida del cadáver me devuelven una mirada fría, aséptica. Un rostro carente de humanidad, desfigurado entre pliegues de ceniza que cubren los huecos de una nariz ausente. El cuerpo arrugado sobre el linóleo de cocina y una cubierta de plástico, bello y triste a la vez, repugnante y seductor, como un demonio de Vrúbel conservado en formol.

El machete desciende y secciona el cuello con una impronta veloz, que deja un reguero de salpicaduras en la mejilla de Carla. La muerte sonríe con una mueca triste y desolada que ella devuelve sin parpadear.

El cadáver le habla y ella escucha con atención. El labio de Carla tiembla ligeramente. Es la primera vez que veo un atisbo de emoción en ella desde que comenzó este macabro despiece. Cuatro minutos después Carla asiente y deposita la cabeza a un lado, para continuar desgajando su muerte en porciones.

Suspira y se da la vuelta. Tiene el machete en la mano y un afilado destello en la mirada. El aire deja de expandir mi pecho, el frío se condensa entre nosotros. Por suerte, hay un abismo que nos separa y me mantiene a salvo de su machete. No puede verme, estoy escondido en un rincón tan oscuro que no alcanzo a ver mis propias manos. Entrecierra los ojos, se da la vuelta y continúa su labor.

Soy un francotirador sin balas, a la espera de ser devorado por un depredador moteado de diminutas pecas. Trato de mentirme a mí mismo con ello, necesito sentir cierto control. En el fondo sé que el único depredador natural de Carla es el tiempo; y ella misma.

El machete desciende.

Las costillas crujen y se abre paso hasta mi escondite el viscoso rumor de los órganos internos que se desprenden del torso como en una piñata de cumpleaños. Las arcadas invaden la oscuridad. Trato de aguantar los estertores. Respiro hondo. Cuento hasta tres.

Dos.

Tres.

El machete asciende.

La mano de Carla se introduce en el torso y arranca una sección de intestino, que introduce en la bolsa negra.

Uno.

No puedo aguantarlo más y vomito. Palabras sucias y sin forma. Deformación de sustanciosos caracteres describiendo parábolas en un suelo de cocina recubierto de plásticos transparentes. Me siento más sucio de lo normal.

El sol entra por la ventana de la cocina, teñido con una luminiscencia rojiza que se forma cuando la luz se filtra a través de la sangre. Estoy lejos de sentir calor, pero puedo imaginármelo. Una sensación tibia y reparadora, me unjo con ello utilizándolo de bálsamo.

Vigilo, acecho, a la espera.

La cabeza seccionada me mira fijamente desde la cúspide de un altar improvisado de plástico y bambú. La pupila blanquecina nada en un océano lechoso, el iris es incapaz de enfocar y aun así tengo la total certeza de que esos ojos muertos me traspasan, replicando en silencio cada pensamiento que callo. Me recriminan aquellos actos que no ejerzo. Mi impavidez, la desidia y la impotencia son excusas baratas con las que justifico mi pasividad. Yo soy el auténtico muerto que apesta a mierda en la cocina.

A ese pobre infeliz simplemente lo descuartizan.

El tiempo cruje contra el linóleo, el filo embota cada haz de luz que se filtra por la ventana. No somos nada, ni el polvo que generamos con cada partícula de la que nos deshacemos. El machete continúa ascendiendo y descendiendo de manera regular, como un péndulo que marca el ritmo de una cadenciosa melodía. La mano de Carla no para. La bolsa devora cada trozo de carne con la que le alimenta.

Trato de moverme, soy incapaz de hacerlo. Estoy atado a las mismas cadenas que atenazaron ese cuerpo despiezado. Mis piernas no responden. Mis manos están entumecidas y sin fuerza. No puedo cerrar los ojos, no puedo gritar ni huir. Estoy atrapado entre palabras que Nadie pronunció, condenado a contemplar cómo Carla despoja de humanidad otro cuerpo sin alma.


Dos horas más tarde el machete desciende por última vez. No queda nada del cuerpo que fue, solo un reguero de sangre que desfila hacia un desagüe y una constelación de salpicaduras sobre el revestimiento de plástico. Recuerdos pasajeros. Carla cierra la bolsa y la deja a un lado. La cabeza de su víctima todavía está en el altar. Ya no tiene carne ni ojos, solo cuencas vacías, desde las que todavía me contempla. Carla le ha cortado las orejas, los pómulos y ha retirado la cabellera al estilo comanche. Es un tipo afortunado. Dicen que es un corte de pelo que ahora está muy de moda.

Sonríe.

No le queda otra, no tiene labios, ni lengua. Tampoco es que le sirvieran de mucho hace un par de horas. Carla recoge el cráneo y lo deposita en una bolsa distinta. El viejo pijama de felpa naranja que lleva está cubierto de manchas coaguladas. Se quita la ropa y la introduce con rabia en una tercera bolsa.

Está muy nerviosa. Siento la rabia contenida condensando cada grito que sofoca, con esfuerzo, en una tormenta silenciosa. Abre el grifo y arroja en la pila el machete y la tabla. El suelo retumba bajo sus gráciles pies; es como contemplar el aterrizaje de una sonda orbital en el momento exacto en el que cruza la atmósfera y comienza a arder. El agua corre mientras arranca los plásticos y los tira en una esquina.

Carla quiere gritar, huir hacia otro lado. Se cubre la cara con las manos y mira por la ventana en busca de una salida rápida. No sé qué ve a través del cristal. Desde mi posición, solo contemplo un cielo gris moteado de sangre; ella parece encontrar algo tranquilizador al otro lado. Respira hondo, recupera la calma. Sabe que solo puede avanzar en una dirección.

Camina desnuda por el pasillo y se mete en el cuarto de baño. No la sigo, pero es fácil imaginar su cuerpo desnudo bajo el agua tibia, demasiado fácil. Mi recuerdo recorriendo su piel, arrastrando la sangre hacia un mar distante. Sus pecas, la calavera tatuada en el muslo que se hizo hace un par de días, para recordar a su primera víctima. La bala que se balancea entre sus pechos.

Carla sale del cuarto de baño cubierta de gotas iridiscentes que reflejan un tornasolado infierno. No se toma la molestia de secarse antes de ponerse unos vaqueros rotos y una camiseta blanca. Está extremadamente nervuda, apenas huesos sin piel. Una belleza desgarrada que duele solo con contemplar y que seguiría llevando a cualquier marinero hacia las rocas sin dudarlo.

Las bolsas pesan más que ella, su rostro no se altera lo más mínimo cuando las levanta. Carla se marcha sin cerrar con llave y coge el ascensor. Le doy unos segundos y la sigo por las escaleras. La puerta del ascensor se abre en la segunda planta del garaje.

Me falta el aliento.

Alcanzo las columnas pintadas de verde que flanquean la entrada a tiempo para ver cómo Carla tira las bolsas en el maletero y se sienta en el interior de un Focus repleto de pegatinas de un taller de repuestos.

Su mirada desaparece bajo un par de pantallas negras con diseño de aviador. Las halógenas del techo apenas iluminan lo suficiente para ver los surcos de neumáticos que marcan el camino. Carla arranca el coche, las ruedas chirrían y el motor se revoluciona. El Focus sube en segundos la rampa en espiral que da acceso a la segunda planta y llega a la reja antes de que el portón se levante.

Da palmadas contra el volante y retuerce el labio inferior. No puedo ver sus ojos, no puedo leer su alma. No espera a que se abra la reja del todo. Carla pisa el acelerador a fondo. El Focus sale proyectado y saca chispas contra la reja. Alguien grita y un coche toca el claxon. Dos destellos repelen una tarde nublada y la convierten en una jungla de neones parpadeantes.

Un centenar de rostros se arremolinan alrededor del coche impidiéndole avanzar. Los destellos se intensifican. Las cámaras inician una lluvia de asteroides; el machete, las gafas de sol y el tamborileo frenético sobre el volante, todo parece fuera de lugar en un barrio periférico como este.

Un día nublado como cualquier otro. Un jubilado tiende un mono ajado en un tendedero de cuerda, junto a un par de medias viejas y unas bragas enormes. Destellos blancos, preguntas balbuceadas con tanta prisa que resultan ininteligibles. Un repartidor latino espera junto al portal, con una carretilla repleta con cajas del supermercado, a que le abran la puerta. Carla ha cambiado de vivienda cinco veces en los últimos dos meses, hay quien no recuerda dónde ha aparcado, Carla apenas recuerda dónde vive y no le importa olvidarlo. Sabe que mañana tendrá que buscarse otro lugar donde nadie la reconozca.

Al otro lado de la calle un tipo en chándal limpia el coche con una esponja y un cubo de agua y jabón, sin dejar de mirar recelosamente el cielo, que permanece en calma. Pero sobre el Focus de Carla se estrecha el Maelstrom. Con el alboroto, a una mujer se le cae una carpeta repleta de papeles, algo insignificante, pero ella siente cómo su vida se desmorona durante un instante. Otra mujer la ayuda a recoger los papeles, sus miradas se cruzan. El asfalto destella, el coche de Carla está varado en una marea humana. Una pareja camina de la mano y un joven corre, embutido en malla verdes, con la música tan alta que la puede oír el Bichón habanero que una ejecutiva de traje gris pasea sin dejar de mirar el móvil.

Un barrio cualquiera en un contexto cualquiera. No es La Moraleja, y los vecinos no están acostumbrados al despliegue de periodistas que asedian el coche de Carla. Tras cada destello el número de personas que rodean el vehículo aumenta. Las manos golpean los cristales, los micrófonos se empeñan en buscar ranuras inexistentes. Carla se ajusta las gafas de sol, no es de las que pierden la calma.

No hay nada capaz de detenerla cuando está decidida a avanzar.

El flash ilumina las nubes negras y cien sombras blancas se suman al cerco. Los periodistas arden en las pantallas oscuras que cubren los ojos verdes de Carla. El motor ruge, su corazón se revoluciona. Detesta ser famosa y aun así parece condenada a salir en primera plana de cada informativo. Pisa el acelerador. Al menos cuatro periodistas saltan por los aires rebotando contra el capó del Focus.

Gritos, quejidos y el maldito olor a neumáticos quemados. Carla desayuna napalm y se entretiene enhebrando denuncias que el jurado archiva. Tras lo sucedido hace un par de meses ningún jurado condenaría a Carla. Los presos no estarían seguros ni en el interior de sus celdas.

Las cámaras la adoran, mañana el atropello colmará tertulias enteras con periodistas indignados. No se imaginan la suerte que han tenido de conocer el capó del coche y no el maletero. A Carla le importa una mierda. Mientras huye hacia adelante no está obligada a contemplar su pasado.

Un día nublado, como cualquier otro. Los periodistas quedan atrás, sus preguntas, sus destellos estrellados sobre chapas de aluminio prensado. Los semáforos se suceden, unos en rojo y otros en verde.

No hay pasos, solo cebras sin rayas que trafican con caballo en las esquinas y lagunas que se llenan con las lágrimas de un cielo que nunca se seca. Dos portales más arriba tres obreros discuten junto a una hormigonera que da vueltas, un mundo que gira sin detenerse en las pequeñas historias.

Se escuchan risas y algún llanto. Un grupo de niños juega en el parque mientras sus padres cuelgan fotos en Instagram. Me hiela la sangre imaginar cómo instantáneas tan cotidianas se suceden lo suficientemente cerca como para colapsar un universo tan complejo.

Es difícil concebir que los niños del parque, los obreros, el jubilado de la ventana y la ejecutiva que pasea al perro convivan a tan pocos metros y en el mismo espacio-tiempo en el que Carla descuartizaba un cuerpo en su cocina. Apenas un segundo nos separa de una bolsa de basura negra en el interior del maletero de un coche.

La vida es tan frágil que se rompe a cada paso.

La ciudad, eterna y confusa, se difumina en un incesante palpitar de voces rotas.

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