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©Alexis Falkas.

  • Alexis Falkas

El intruso



El intruso subía las escaleras despacio. Sin prisa pero con pausas. Un ser apenas humano, tan alto que rozaba el techo y suficientemente delgado para colarse entre los barrotes de la escalera. Su traje negro contrastaba terriblemente con su piel, de una tonalidad ceniza y carente del más mínimo rastro de vello o belleza.

Se sentía melancólico, albergando aquella extraña sensación, ajena al resto, sonriendo a través del alambre de espino que sellaba sus labios negros, tersos y agrietados, como la corteza de un árbol podrido. Bajo dos sendos arcos óseos, alzándose ingrávidos sobre una mandíbula desproporcionada, se velaban unos ojos muertos, tan fríos que congelaban los escalones mientras ascendía.

El edificio permanecía estanco, inmóvil, ausente a la presencia que se colaba sin invitación alguna. Ninguna puerta se abría a su paso. Los perros dejaban de ladrar y los inquilinos permanecían en sus casas, ovillados en alguna esquina sin saber por qué.

En la entreplanta del segundo piso el intruso descubrió un macetero repleto de geranios en flor. Deseó ser capaz de olerlas, deleitarse con su fragancia. Carecía de fosas nasales. Se acercó a las flores y trato de atesorar su aroma entre los dedos. Los geranios se marchitaron ante sus ojos muertos. El intruso recogió los pétalos y los pulverizó en la palma de su mano con unos dedos largos y huesudos.

Siempre sucedía lo mismo.


Dos pisos más arriba una joven pareja reía y charlaba animadamente mientras preparaba la cena. Laura y Enrique llevaban un año viviendo juntos y apenas podían hacer nada sin que sus manos se rozaran. Sus miradas acostumbraban a enredarse en una secreta intriga que sólo ellos conocían. Sus piernas, sus cuerpos, adictos a la sustancia del otro.

—Cariño, ¿qué te parece si mañana invitamos a Bea y a Cristian a cenar? —Le preguntó Laura mientras envolvía unas bolitas de arroz condimentado con jengibre en una cubierta de algas nori. —No los vemos desde que Bea dio a luz, y sé, por pura casualidad, que precisamente mañana el pequeño estará a cargo de sus abuelos.

—Por casualidad... —Bufó Enrique sin alzar la vista de la barra americana que separaba el salón de la cocina.

Sonreía mientras seccionaba limpiamente láminas de salmón fresco con un cuchillo de dos palmos. Consciente de caer en la trampa aún antes de ser tendida.

—No sé, mi amor. Tengo mucho trabajo. Voy con retraso en el proyecto y aún me quedan cientos de páginas de programación.

Enrique dejó el cuchillo en la barra. Intercaló las láminas de salmón con lonchas de tofu sobre una bandeja rectangular de porcelana negra y las regó con aceite y tomillo. Laura salteó setas y verduras que acompañó con los rollitos de arroz en un cuenco de bambú trenzado.

—Tienes que admitir que nunca te han caído muy bien. —Le reprochó Laura.

—No es eso. Me caen muy bien. Es sólo que son un poquitín pedantes, un poquito nada más. Todo es Bukowski, Korzakov, el cine de Musollini o Bertolini o vete tú a saber quién. Lo cual está muy bien, supongo, pero me veo incapaz de continuar una conversación coherente tras tanto whisky. Mucho menos pronunciar nombres tan raros.

Laura le miraba muy seria. Enrique seguía sonriendo y continuó impertérrito hasta que Laura no pudo más y también se echó a reír. Colocaron los cubiertos sobre la mesa y se sentaron a comer. El timbre sonó en el preciso instante en el que ambos alzaron los cubiertos.

—Llaman a la puerta, mi vida. Vete a ver quién es por favor. —Anunció Laura.

—Muchas gracias por avisarme, princesa, no me había enterado de que habían llamado. —Contestó Enrique practicando una reverencia.

Enrique se levantó, encendió la luz del pasillo y se detuvo frente a la puerta. Tras la mirilla no se veía a nadie.

—Otra vez tú...

Enrique no se extrañó, ya había ocurrido antes. Desarmó los cerrojos y abrió la puerta lo más rápido posible. El descansillo de la escalera estaba a oscuras. El pequeño diablo acostumbraba a ocultarse en la entreplanta del quinto piso. Solía vigilar entre los barrotes su puerta, preparado para lanzarle una andanada de huevos en cuanto apareciera.

Estaba vez no le pillaría desprevenido.

Enrique saltó al descansillo pulsando con una cabriola el interruptor de la luz. Llevaba consigo un paraguas negro que mantuvo abierto frente a él a modo de escudo.

La andanada de huevos no llegó.

Enrique bajó el paraguas, el intruso estaba frente a él. Gigantesco y aterrador como una nube de tormenta. Las cortezas negras de sus labios enraizando una extraña sonrisa bajo el alambre, su mirada permanecía oculta en el interior de la caverna, bajo la espesa sombra que proyectaban las veladas cuencas de su silencio.



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