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©Alexis Falkas.

  • Alexis Falkas

DiProsoPiA


A orillas del río Sella y a los pies de los picos de Europa se oculta Cuevas de Agua. Una plácida aldea rural cuyo acceso sólo es posible a través de un túnel natural, de bóvedas calcáreas, que una estrecha carretera secciona sin compasión como un estandarte de modernidad incomprensible. Un pueblo tranquilo y estancado en el tiempo, de ancestrales costumbres rupestres, en el que los años tan sólo transcurren con el ir y venir de los apresurados turistas, que beben del remanso de tranquilidad que el raro oasis les concede con la avidez del peregrino perdido en mitad del desierto.

Quizás hayas estado alguna vez por las cercanías, con los pies cansados y el alma renovada de brotes verdes. Puede que disfrutaras del reparador descanso de una noche sin el clamor de la ciudad, acunado por el canto de las cigarras, tras un largo día visitando la ruta de los molinos o las cercanas cuevas de Covadonga. O de esa escapada romántica, con vuestros cuerpos meciendo al compás de la brisa, que de improviso tiende a volverse salvaje e indomable.

Puede que lo hayas visto todo, o puede que jamás hayas estado allí. Lo cierto es que no tiene importancia, en el tiempo que pasé en Cuevas de agua yo tampoco tuve la oportunidad de disfrutar de sus incontables virtudes. La historia que voy a contarte, no sin cierta reticencia, no la escucharás jamás de boca de ninguno de los parroquianos de Cuevas de Agua.

Ningún guía te enseñará la villa de los Sagau, ni lograrás arrancar una sola palabra a los lugareños sobre la desdichada familia, que como por obra de un trasgo local al que en las montañas llaman Sumiciu y que acostumbra a robar a los despistados, desapareció de la faz de la tierra en una noche de invierno. No sólo el apellido de los Sagau se perdió en el olvido para todos aquellos que lo conocieron, su recuerdo e historia fueron cubiertos por un velo de silencio y olvido, la nieve y la ceniza, que ni los más ancianos se atreven a desvelar aún después de tantos años.


La familia Sagau fue una familia acomodada de origen Catalán, cuya reputación hasta aquella noche había ido siempre precedida por innumerables alabanzas e incontables halagos, a cada cual más vacuo y superficial, tal y como suelen ser la mayoría de tales zarandajas sin sustancia. El Doctor Sagau había sido un respetado psicólogo en la gran ciudad y durante diez años ejerció su profesión en un modesto despacho adherido al apartamento que compartía con su mujer, la encantadora Malen.

Con el paso de los años y gracias a su exhaustivo, y en ocasiones absorbente metodología de trabajo, la consulta creció exponencialmente y el Doctor Sagau se vio al frente de todo un gabinete de especialistas de gran talento. Mientras la carrera del psicólogo avanzaba inexorable, su esposa Malen, cuya vocación musical había sido drásticamente truncada debido a un tumor de laringe que a punto estuvo de costarle la vida, se sentía cada vez más desdichada en su melancólico destierro. El doctor Sagau, incapaz de afrontar como Malen se marchitaba ante sus ojos, se volcó aún con mayor ahínco en su trabajo y en arduas investigaciones que parecían no tener fin.


Como para celebrar el éxito del doctor, o quizás para consolar a su esposa, el matrimonio fue bendecido con el nacimiento de dos preciosas niñas similares a florecillas de nomeolvides, germinadas con gran dicha en un intervalo de dos años. Las pequeñas, Judith y Eleonore, motivo de orgullo y felicidad para la pareja. Durante los primeros años el Doctor Sagau fue incapaz de concentrarse en otra cosa que no fueran los hermosos ojos de sus hijas.

Las niñas crecieron y poco a poco los tormentos del pasado volvieron a abatirse sobre el matrimonio. Malen siempre había soñado con abandonar la ciudad para criar a sus retoños al amparo de un hogar cálido y confortable en mitad de la naturaleza. El doctor Sagau finalmente cedió a los sueños de su amada y cuando Judith, la mayor de las adorables criaturas, cumplió los seis años de edad, los Sagau vendieron la consulta y la vivienda adherida al subalterno de mayor confianza, y con el dinero partieron buscando la sosegada vida de las montañas asturianas.


Así es como los Sagau acabaron en Cuevas de Agua, el sosegado y apacible pueblo que había de convertirse en su último reposo. Malen y las niñas se enamoraron de paisaje al primer vistazo, era un mundo lleno de experiencias nuevas, una explosión de vida siempre cambiante que no dejaba de sorprenderlas.

Adquirieron una decrépita casona, rodeada por un bosquecillo de abedules y enclaustrada en la intersección de dos riscos de dolomita cobaltica tan altos como la propia casa. Se trataba de una amplia parcela, con extensos jardines infestados de malas hierbas y un riachuelo que cruzaba intrépido a muy pocos pasos de la puerta principal.

La casona había pasado por demasiadas desdichas, las tormentas arrancaron las puertas y ventanas de su gozne, las termitas dejaron sólo un recuerdo de sus vigas de madera y el granizo había tirado el techo abajo. Pese a las numerosas objeciones del Doctor Sagau, que estaba más acostumbrado a los retos y a la rehabilitación de ruinas psicosomáticas que a las estructuras de la física, finalmente la casona fue derrumbada y en su lugar se erigió un chalet modernista de líneas convergentes y espacios diáfanos. Una sucesión escalonada de peceras humanas que adquirían el color del bronce con cada amanecer y un tono violáceo, como los ojos de Malen, con cada ocaso que antecedía las noches repletas de estrellas.

Las malas hierbas se convirtieron en rosales, limitaron la parcela con rejas de hierro forjado tintadas de azabache y colgaron la proclama de: Villa Sagau, en lo alto de un doble portón tamizado de enredaderas. Cuando las obras concluyeron, la vieja casona y su reminiscencia rural habían desaparecido casi por completo. Únicamente el riachuelo, que continuaba brincando inmutable frente a la nueva entrada, y un hórreo de madera ubicado en la parte trasera de la finca lograron perdurar tras las reformas.


El hórreo era una estructura recia y había soportado las inclemencias del tiempo con mayor estoicismo que la casona. El esqueleto de madera se mantenía intacto, las paredes apenas melladas. El polvo invadía cada esquina, pero el doctor Sagau percibió en el antiguo almacén un refugio perfecto en el que continuar con su trabajo. Bastaron un par de paredes y unas escaleras nuevas para convertir un amplio hórreo en una pragmática consulta de mobiliario rural, elevada a medio metro de altura mediante cuatro pilares pintados con esmalte blanco.

Consulta que se mantuvo vacía durante meses. Los despreocupados lugareños desconfiaban de la psicología, no veían ninguna necesidad de tan absurdas prácticas mientras la taberna, la iglesia y el prostíbulo mantuvieran las puertas abiertas. La ciudad más cercana, donde las dolencias de la mente parecen contagiarse por vía aérea, se encontraba a muchos kilómetros de distancia.

Malen insistió en reconvertir el hórreo en un exclusivo resort para pacientes adinerados en el que sanar cuerpo, mente y alma. Acudieron clientes de todos los rincones del mundo, llegaban para desintoxicarse, dejar el tabaco, eliminar el estrés o controlar sus problemas de ira bajo al amparo del bosquecillo de abedules y el arrullo del reconfortante riachuelo.


Las relaciones entre los Sagau y los oriundos de Cuevas del Agua tardaron en fraguarse y tan sólo maduraron con el correr de las estaciones, como las cosechas y los huertos que rodeaban la villa. Los lugareños recibieron al matrimonio con gran recelo. Estaban acostumbrados a tratar con turistas de paso fugaz y estaban orgullosos de su hospitalidad, sin embargo veían en los Sagau y su ostentosa villa una amenaza a su imperturbable y apacible existencia.

La felicidad era tan aparente bajo aquellas montañas que la psicología moderna, aunque jamás se hubieran atrevido a confesárselo al Doctor Sagau por miedo a ofenderle, les parecía un cuento de viejas, una engañifa con tanta veracidad como un conjuro de las Meigas. Sólo el lechero Tomasiño, que había pasado sus años mozos en Oviedo sacando adelante una carrera que jamás alcanzó a utilizar, respetaba realmente la labor del doctor e incluso llegó a trabar cierta amistad, hosca pero sincera, con los Sagau.


La Villa Sagau se llenaba de música y algazara cada mañana, al menos de forma aparente. Los pacientes se marchaban encantados y prometían recaer en sus afecciones con tal de regresar. Desde el exterior de la villa los Sagau no podían parecer más felices, sin embargo el doctor sentía que todo aquello era una ilusión. Los pacientes llegaban y marchaban sin la posibilidad de plantearse un verdadero reto. Su mente se retorcía desesperada y el tedio comenzó a malversar el sueño del Doctor Sagau.

En una ocasión me confesó que en aquel preciso instante sintió que, si permanecía completamente inmóvil durante una fracción de segundo, se convertiría en parte del mobiliario de la casa. Decidió reinventarse para no marchitar, clausuró el resort terapéutico y rehabilitó el hórreo con nuevas medidas de seguridad.

Habilitó cuatro celdas acolchadas y un despacho contiguo, con puertas reforzadas y cierres electrónicos. Instaló cámaras de vigilancia, un dispositivo de alarma con sensores de movimiento. Para reforzar la seguridad también adquirió una taser de bajo voltaje y un revólver del calibre 38. Gracias a sus menguadas influencias en la ciudad y una ingente cantidad de dinero dilapidado en sobornos, adquirió la licencia estatal y trasladó al hórreo a cuatro pacientes con graves trastornos de personalidad. El Doctor Sagau decidió afrontar lo imposible, buscar la cura para aquello que se considerable incurable.

Los vecinos de Cuevas de Agua estaban aterrados, sintiendo peligrar sus vidas. Las amenazas de muerte llegaban a Villa Sagau a diario. Las niñas permanecían resguardadas en el interior de la pecera, ignorantes de la tormenta que se formaba a su alrededor.

El Doctor Sagau se encerró en el hórreo, tan prisionero de sus tabiques de madera y cierres electrónicos como el resto de sus pacientes. Investigaba día y noche sin descanso y sometía a sus cobayas a todo tipo de tratamientos experimentales. Me niego a relatar los pormenores de las terapias que en aquel hórreo se perpetraron, a pesar de recordarlas mejor que nadie. Baste decir que es una suerte que la villa estuviera incomunicada de tal manera que nadie pudo escuchar los gritos de aquellos pobres desdichados.

La obsesión del doctor por su trabajo y el aislamiento de la villa resultaron tan abrumadores para los Sagau que se vieron obligados a contratar los servicios de Tomasiño. De carácter bonachón, espesa barba parda y profunda mirada cristalina que sólo sabía reflejar bondad, el lechero relegó parte de sus obligaciones a su hijo. Ejerció de eslabón entre la familia y el pueblo, prestando auxilió al doctor en labores de vigilancia.

Tomasiño fue el primero en llegar aquella trágica noche de invierno en la desgracia decidió presentarse en la Villa Sagau. Una copiosa nevada había dejado Cuevas de Agua incomunicada, su único acceso sepultado bajo una muralla de nieve y hielo que ningún quitanieves era capaz de retirar. La mayoría de los lugareños durmieron a pierna suelta durante aquella noche, el turismo era escaso por esas fechas y las labores del campo quedaban aplazadas con semejante temporal.

El lechero, como todas las mañanas, se había levantado antes del albor para echarle un vistazo al ganado y proveerles de alimento. Debían ser las cuatro de la mañana cuando Tomasiño se extrañó ante el anómalo comportamiento de los animales. Normalmente los encontraba adormilados y dóciles. Tomasiño ponía música clásica en un reproductor portátil y éstas parecían disfrutar marcando el compás con sus mugidos de la tercera sinfonía de Beethoven. Aquella mañana los animales estaban alterados, la música no conseguía apaciguarlos y se negaban con vehemencia a salir del redil.

Tomasiño, que llegó a apreciar la sabiduría de sus reses por encima de la de muchos de los catedráticos que llegó a conocer en la universidad de Oviedo, consideró aquello como una mala señal y decidió pasar por la Villa Sagau antes de realizar el reparto diario.

El sinuoso camino que llevaba hasta la villa estaba completamente intransitable y Tomasiño tuvo que emprender la marcha a pie. Tardó mucho tiempo en recorrerlo y el gélido viento le hizo plantearse volver al calor de su lumbre en multitud de ocasiones. Estaba a punto de regresar cuando le pareció cruzarse con tres sombras que se perdieron en la distancia.

Trató de seguirlas pero la noche y la nevada los devoró antes de poder darles alcance. Aquello no podía ser una casualidad, sus animales tenían razón.


El sol mantenía una desoladora lucha contra la tormenta por emerger, aquella mañana el amanecer alcanzó la villa al mismo tiempo que Tomasiño. El lechero se encontró con el portón de hierro forjado abierto de par en par y un inquietante silencio repleto de malos augurios.

Las inmensas cristaleras permanecían opacas y cubiertas de carámbanos de hielo, bajo el cristal todas las luces de la casa estaban encendidas. Una multitud de huellas horadaban la nieve y sobre el riachuelo congelado se habían formado costras de sangre coagulada que se dirigían desde la casa hasta el hórreo.

Tomasiño echó a correr hacia la casa, cruzó a toda prisa el portón y saltó los marchitos rosales. Las piernas le temblaban y el corazón se desbocaba en su garganta.

Quedó paralizado a mitad del camino de piedra.

Un disparo retumbó en el silencio, proveniente del hórreo, extendiéndose en mil ecos en la mañana hasta que la tormenta lo devoró junto a las tres sombras que huían por el bosque. En aquel fatídico instante se anunciaba el final de una masacre, tan perturbadora que ninguno de los habitantes de Cuevas de Agua alcanzó a comprender ni asimilar.

Tan incómodos les resultaban los hechos que terminaron sentenciándoles al olvido. Eran las seis de la mañana y para entonces, todos y cada uno de los integrantes de la familia Sagau habían sido sistemáticamente asesinados.


Dos horas antes del alba, mientras Tomasiño despertaba y se dirigía hacia el establo, en el hórreo se producía la conversación más siniestra que he tenido la desgracia de presenciar. Para esa hora sólo quedaban dos personas con vida en la villa, ambas bajo la techumbre de madera del hórreo.

El cable soterrado que suministraba electricidad en aquella sección acorazada de la villa estaba cortado. La puerta principal y tres de las celdas permanecían abiertas y se bamboleaban con cada racha de viento. El rastro de sangre seca que más tarde inquietara a Tomasiño estaba aún caliente y sobrepasaba la puerta hasta internarse en el despacho del Doctor Sagau.

El despacho en penumbras, sólo un pequeño candil se mantenía encendido bajo el embate del viento. Bajo las cuatro paredes toda una hueste de seres infernales se hallaba reunida. Entre las sombras el mobiliario entero cobraba vida propia.

Con el paso de los años el Doctor Sagau llegó a acumular una nutrida colección de objetos de naturaleza extremadamente bizarra. Los anaqueles repletos de frascos cubiertos de polvo en los que de vez en cuando un globo ocular flotaba en formol. Fetos en diferentes estados de gestación, tumores lechosos y de aspecto bulboso o porciones de cerebros de pequeños roedores.

En las paredes se alineaban las cabezas de presas menores, algún alce poco lustroso y un lastimoso oso pardo, trofeos de caza rescatados por el doctor de la vieja casona. Recuerdos incómodos que fueron almacenados en un rincón polvoriento hasta que los días del resort quedaron atrás.

El doctor estaba muy orgulloso de aquella extraña colección y de la reacción que provocaba en los escasos visitantes que tenían el cuestionable honor de contemplarla. Sin embargo, ninguno de sus tesoros le causaba tanto orgullo y satisfacción como el busto que se alzaba sobre la arcada de la puerta.

Un carnero diprosópico, dos rostros disecados, binarios perfectos, provistos de tres cuernos que emergían de una pieza que dividía aquella anomalía genética por la mitad. Sus cuatro ojos sin vida tenían la incómoda habilidad de capturar la mirada del observador desde cualquier punto de la habitación.

Junto a la puerta y bajo el hálito de uno de los rostros del carnero, un espejo de cuerpo entero separaba el purgatorio en dos asientos tan dispares como las personas que los ocupaban.


El doctor permanecía sentado en una butaca de cuero repujado y amplias orejeras. Aquella atalaya mental desde la que tantas veces había oteado el subconsciente del individuo era la prisión en la que su alma debía realizar la terapia más difícil de toda su vida. Las manos le temblaban y sus nudillos blanqueaban con la presión ejercida contra el cuero de la butaca. Su rostro contraído por el dolor, una agonía que le desgarraba por dentro y debía dominar a toda costa. Consciente de lo sucedido, de todo aquello que aún continuaba en juego.

—Supongo que todo se reduce a esto. —La voz del Doctor Sagau sonaba contenida y estéril, como una cacofonía distorsionada que se abre paso desde algún lugar muy lejano. —Has llegado tan lejos para vengarte.

Frente a él se encontraba Gerard, su paciente más antiguo, una herida abierta en el historial clínico del doctor que jamás logró sanar. Parche tras parche, tratando de sepultar el olvido. Un fracaso que le perseguiría durante más de diez años y que acabaría siendo el responsable del homicidio de toda su familia.

Gerard se revolvía incómodo en una silla de esparto del jardín, no se sentía merecedor del habitual diván con el que el doctor agasajaba a sus pacientes habituales. Su ropa estaba desgarrada, su cuerpo cubierto de barro y nieve escarlata.

—¿Vengarme? —Su voz sonaba con mayor nitidez, era límpida y a la vez muy confusa, grave y con un estridente timbre discordante que se escondía a simple vista. —Mi querido doctor, sabes perfectamente por qué estoy aquí. Necesito rehabilitarme, es tu última oportunidad para salvarnos.

Doctor y paciente eran incapaces de observarse directamente a los ojos sin una explosión de emociones mal encauzada, por ello utilizaban el espejo de cuerpo entero como un medio de interacción imparcial. Una ventana abierta a la psique de Gerard.

Entre ambos y sobre una mesilla de caoba, el revólver del calibre 38 servía de confín indivisible. El Doctor Sagau sabía que si traspasaba esa difusa línea Gerard acabaría con él sin pestañear.


No era el instinto de conservación lo que mantenía al doctor sentado en aquella butaca, era la necesidad de resolver aquel espantoso rompecabezas lo que le retenía sentado frente a su verdugo.

—Yo no puedo curarte, sólo puedo acompañarte en el proceso. —Los ojos del doctor estaban caídos y las lágrimas contenidas condensaban el hálito de la tormenta en esquirlas de hielo amargas. — ¿Si accedo a tu petición puedo confiar en que acabarás con mi vida después?

De la garganta de Gerard brotó una carcajada forzada, similar a un estertor de muerte. Gerard separó sus siguientes palabras por sílabas, las diseccionó por fonemas y las pronunció tan despacio como le fue posible:


—Puedes estar tranquilo, mi viejo amigo. Pensaba matarte de todos modos.

El Doctor Sagau se encogía en su butaca y se volvía cada vez más pequeño. Frente a él y proyectado en el espejo, Gerard se revolvía nervioso sobre la silla de esparto. El cordero disotrópico los observaba a ambos en un silencio repleto de intenciones.

—Está bien, Gerard.

La voz del Doctor Sagau se entrecortó y tras decir el nombre de su captor tuvo que realizar una larga pausa para recobrar la calma.

—¿Por qué no comenzamos hablando de lo que ha ocurrido durante esta noche?

—Sabes perfectamente lo que ha pasado. —Sus manos tamborileaban sobre un rinoceronte de peluche cubierto de sangre. Gerard alargaba las pausas deliberadamente, regodeándose con el sufrimiento del doctor. —Se trata de afrontar la situación, ¿no es así?

No continúo hasta que el Doctor Sagau asintió. Gerard abrazó al rinoceronte de peluche y lo estrechó entre sus brazos.

—Empecé con las pequeñas. ¿Lo sabías? —Gerard hizo otra pausa, el Doctor Sagau se sintió incapaz de replicar. —No temas, no sufrieron. Ni siquiera me vieron entrar. Deberías haberlas visto, soñando plácidamente entre sábanas de margaritas, tan hermosas y dulces que era imposible que tuvieran cabida en un mundo como el nuestro. ¿Sabes lo que gritaban mientras sus cortas vidas expiraban? Gritaban: ¡Papá!, ¡papá! ¿No escuchaste como tus pequeñas te llamaban?, ¿papá?

Las manos del Doctor Sagau se crisparon, recortando la distancia que le separaba del revólver. Gerard sonreía, el doctor desconocía si el arma estaba cargada. La salvación estaba tan cerca que el doctor temía que pudiera desembocar en una precipitada muerte por causa del cuchillo ensangrentado que Gerard mantenía sujeto a la altura de la cadera. Gerard esperó a que el doctor moviera ficha y como este parecía no decidirse continuó hostigando:

—Tengo que admitir que asfixiarlas no fue agradable. Nada personal, ya sabe, hice lo que tenía que hacer y nada más. Con Madel todo fue mucho más placentero. Me vio entrar en la habitación con el peluche y percibió que algo iba mal al instante. Las madres tienen un sexto sentido para eso. Le conté lo que había hecho. No se lo quería creer. Corrió hacia sus hijas, pero no se lo permití. Al menos le debía eso.

—¿Sufrió?

—Trató de resistirse. Me plantó cara mucho mejor de lo que lo haces tú. Los muebles volaban, nos peleamos y gritamos hasta quedarnos mudos. La cosa se complicó. Traté de calmarla y tuve que apuñalarla hasta que al fin logró entrar en razón. Doctor Sagau, ¿dónde estabas mientras tu mujer se desangraba sobre vuestra cama de matrimonio?

Silencio. Ni la ventisca se atrevió a contestar.

—Encerrado en ti mismo. Estabas demasiado obsesionado para evitarme. Ambicionaste tanto mi salvación que trajiste la perdición de toda tu familia. —Gerard se acomodó sobre la silla, como si al confesar su crimen hubiera proyectado su culpa sobre el terapeuta. —Soy un monstruo, lo admito. ¿Cuál es el siguiente paso hacia la redención?

El Doctor Sagau era incapaz de soportar la visión de Gerard. Su mirada se alzaba constantemente hacia el busto del carnero. Cuando al fin se decidió a hablar lo hizo mirando directamente a las cuatro pupilas muertas que jamás dejaban escapar su mirada.

—¿Por qué no me hablas de tu familia?

—¿Mi familia? —Gerard parecía sorprendido. Volvió a revolverse sobre la silla como una víbora a punto de abalanzarse sobre su víctima. —Mi familia me abandonó. Mi mujer me abandonó, mis hijos me abandonaron, mis amigos me abandonaron. He perdido todo y a todos los que me importaban. Incluso esas pobres almas que torturabas se han ido. Ahora sólo quedamos tú y yo, paciente y doctor. ¿Por qué no me hablas de tu familia? Cuéntame cómo eran. Ambos necesitamos hablar de ello, ¿no crees?

—Si buscas que sienta lastima no la encontrarás tras esa puerta.

Gerard se levantó de pronto, deambuló unos segundos por la habitación acariciando cada pertenencia, corrompiéndolas con la sangre de sus manos, envileciendo cada aliento comprimido. El cuchillo resplandecía entre sus manos con una tonalidad cobriza, heraldo del próximo amanecer. El revólver había desapercibido de la mesilla.

—¡Estamos hablando precisamente de ti, doctor! Somos el origen del problema. Si hubieras sido capaz de matarme a tiempo tu familia continuaría con vida.


La ventisca se intensificó en el exterior. En ese momento Tomasiño se cruzaba en el camino con tres de los cuatro pacientes que habían escapado del hórreo. El doctor. Sagau se mantenía silencioso, la vista fija en el espejo y en Gerard, que se revolvía sin parar.


Gerard perdió los nervios y golpeó con el mango del cuchillo el espejo. El cristal se rompió con un rugido que la tormenta reclamo con su tronar. El rostro de Gerard quedó fragmentado en decenas de piezas, sus ojos repetidos en cuadrantes convexos, su alma desnuda, expuesta con tal sordidez que el Doctor Sagau era incapaz de contemplarlo sin sentirse culpable.

—¡Mírame doctor! —El doctor Sagau mantuvo la vista en el suelo, contemplando los fragmentos de cristal diseminados. —Quiero que me hables de tu jodida familia. No te lo volveré a repetir.

—Ellos son… —El Doctor Sagau carraspeó, la cacofonía de su voz se había diluido en un mero susurro. —Ellos eran maravillosos, la luz de mi vida. Eran todo lo que tenía. Yo… Yo no me los merecía.

—No doctor, no merecíamos a nuestras familias y por eso te la arrebaté. Pudiste dedicarte a ellos, disfrutar del florecer de tus pequeñas, enamorar cada día a tu mujer, rememorarla en cada noche. Sin embargo me elegiste a mí, la sinrazón de la razón. Elegiste encerrarte en este despacho y atormentar a tus pacientes para calmar el abismo de tu interior.

—No tienes ningún derecho a juzgarme.

—Somos iguales doctor. Tú y yo somos parte de una misma realidad. Admítelo, ¡sálvanos!

El Doctor Sagau se levantó muy despacio. En su mano empuñaba el revólver. Por primera vez miró directamente el rostro de Gerard y se percató del verdadero horror de lo sucedido. Sus ojos eran diferentes, la vida parecía haberse evaporado en ellos, como los trofeos de caza que colgaban en las paredes.

Su presencia cobró sustancia, envergadura, hasta que su sombra abarcó la totalidad del hórreo. Su voz tenía una tonalidad diferente, más fría y parecida a la de su paciente.

—Tienes razón Gerard. Soy un monstruo, ambos lo somos.

Levantó el revólver y apuntó con pulso firme. Gerard ni se inmutó, continuó sentado con el cuchillo en la mano y el peluche entre los pies. Riéndose a carcajadas de la muerte. El Doctor Sagau oprimió el gatillo.

No sucedió nada.

—Vamos doctor, baja el arma. Terminemos con esta ilusión. ¿De verdad creías que dejaría el arma al alcance de tus manos si no supiera que estaba descargada?

La sonrisa del Doctor Sagau congeló la de Gerard:

—¿Realmente estás preparado para afrontar la verdad? —Introdujo la mano en el bolsillo y extrajo un proyectil del calibre 38. —No es la sangre de mi familia la que mancha tus manos. No podías soportar ver cómo Malen se marchitaba, cómo su vida y sus ilusiones se extinguían ante tus ojos. Eras incapaz de afrontar la realidad, igual que ahora. Tú me creaste Gerard.

Silencio. El cordero y sus cuatro ojos, revelando la locura del instante.

—Gerard, has matado a tu familia.

Con un movimiento veloz y ensayado el Doctor introdujo la bala en la recámara del revólver.

—Mientes. Otro de tus jodidos trucos para introducirte en mi mente.

Los ojos de Gerard estaban desorbitados, su mandíbula apretada en una mueca desencajada. El cuchillo colgaba lánguidamente sobre sus rodillas.

Gerard descubrió un minúsculo punto por el que su mundo se deshacía, la superficie tornasolada de un fragmento de espejo donde no se reflejaba nada más que la luz del alba.

—Estás curado Gerard. Ambos lo estamos. —El Doctor Sagau oprimió el cañón del revólver contra la sien de Gerard. —Es hora de que cumplamos nuestro acuerdo. El Doctor Sagau tiene que morir.

El disparo resonó en el hórreo. Eran las seis de la mañana y para entonces, todos y cada uno de los integrantes de la familia Sagau habían sido sistemáticamente aniquilados.

Tardaron dos días en retirar la nieve que sellaba el acceso de Cuevas de Agua. Cuando la guardia civil llegó a la Villa Sagau se encontraron con tres personas muertas en la casa, tres pacientes fugados hallados congelados en los alrededores, un disparo de bala en el suelo de madera del hórreo y un busto de carnero de dos rostros que captaba sus miradas aún con los ojos cerrados. Nadie volvió a ver a Tomasiño ni al Doctor Gerard Sagau.


Le conté a la guardia civil lo que paso, tal y como te lo estoy contando a ti. Por supuesto no me creyeron y me internaron en este lugar. Yo tampoco lo creería si no hubiese estado en aquel hórreo, escondido tras la puerta de la cuarta celda. Demasiado aterrado como para salir corriendo como el resto de los pacientes.

Esta es la única historia real que conozco lo suficientemente delirante como para ser contada aquí. Y no la volveré a repetir nunca más por más que insista, creo que nunca llegaré a superar las pesadillas que me provocan cada noche. Todo quedará sepultado en mi memoria, bajo la nieve de aquella noche.

Solo hay algo que no consigo encajar, como si mi mente se empeñara en dividir en dos la realidad, cada día, cada rostro. Obligándome a permanecer con los ojos abiertos, atentos de aquellos que me contemplaron mientras me sentaba en aquel diván. Pero la pastillas ayudan, la medicación disuelve cada pensamiento.

Por cierto, doctor:

—¿Le he mencionado que su cara me resulta tremendamente familiar?


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